Autor: Miguel Romero
Viandante de la vida, errante peregrino
que del Calvario buscas el áspero camino
perdido en noche eterna sin brújula ni luz
aquí por un momento detén la herida planta
y mira ese gran Templo que al cielo se levanta,
mansión del Nazareno cargado con la Cruz.
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Al pié, mira esos valles profundos y escondidos
que guardan de mi pueblo los carmenes floridos,
las verdes y frondosas riberas del Genil;
campiñas y viñedos; extensos olivares
y en ellos engastados cien rústicos hogares
casitas que semejan Iglesias de marfil.
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Detén el paso, y mira erguido en esas lomas
mi pueblo limpio y bello cual bando de palomas,
que honrado y laborioso trabaja con ardor;
escucha como suenan desde estas soledades
ruidos de talleres y dulces vaguedades
de vida, de rumores y cánticos de amor.
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Errante peregrino, viandante de la vida;
reposa aquí un momento la planta dolorida
después hasta la Cumbre contigo subiré
que allí vibrante nota será para tu oído
aroma, luz, colores, rumor, canto, gemido,
de bálsamo sirviendo la esencia de la fe.
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Mas, antes que subamos al pie del Santuario,
que empieza en las dos cruces de blanco pedestal;
por toda su llanura rebosa de canciones,
sentidos Misereres, Saetas y Oraciones,
flotando de mi pueblo el alma colosal.
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¿Ves esa calle estrecha? es la de la Amargura,
por ella subió Cristo la Cruz pesada y dura;
¡también por ella sube la triste Humanidad!
Cruzando este camino Jesús murió en la Cumbre,
y en pos del Nazareno, también la muchedumbre
caerá tras esa verja por una eternidad!...
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¡Arriba y no te canses, errante peregrino;
subiendo del Calvario el áspero camino
daremos a la tierra nuestro postrer adiós;
abajo quedan sólo: codicias y rencores,
arriba el Nazareno que premia los dolores,
abajo espera el mundo: arriba espera Dios!
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¡Arriba, peregrino, subamos del Calvario
el áspero camino, que allí en el Santuario
bendice Nuestro Padre sus hijos al partir!...
¡Ensueño de mi vida: mi ardiente y vivo anhelo
morir tierra querida, morir bajo tu cielo,
y al pie del Nazareno la Eternidad dormir!