Autor: Miguel Romero
Los domingos cuaresmales, al compás de los tambores
a la luz de las bengalas
y del vino a los vapores,
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cuando suben los Romanos, y el calvario se corona
de millares de pontanos
cada cual con una mona
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y se escuchan misereres y las clásicas saetas
y entre gritos y pitorros
se dislocan las chavetas
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yo con saña vil y fiera vuelvo alegre a mi casita
y a mi vieja cuaresmera
le arrebato una patita.
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Mas, no para aquí la cosa: después cuelo en mi cocina
y con mano misteriosa
busco alguna golosina
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que mi amada compañera guardó para mi regreso:
espinacas en fiambrera
aceitunas, pan y queso.
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Y después, arrebujado en el lecho me persigno
dulcemente aletargado
con espíritus del vino
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y en mis sueños venturosos entre soplos y ronquidos
siento cantos misteriosos
que me halagan los sentidos,
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y es, la mente trastornada del tropel tumultuario
de la romanil jornada
en las cumbres del calvario.